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La recuperación en el Viejo Continente pasa por una fina línea: esperar un impacto moderado de la crisis china y que se consolide la recuperación del sector exportador


Hay una larga tradición entre muchos economistas de destacar, a la mínima oportunidad, el anquilosamiento de la economía europea. Las comparaciones con los países emergentes más dinámicos o con Estados Unidos son frecuentes, el papel de “enfermo de Europa” va rotando de país en país según las circunstancias, y la merecida fama de lentitud en decisiones de política económica se renueva cada vez que se reúnen los líderes europeos en los salones de Bruselas por más horas de lo esperado. Es cierto que en términos de crecimiento per cápita, y en muchas medidas de bienestar, las comparaciones con otras regiones avanzadas del mundo no son negativas, pero los datos de crecimiento dan bastantes oportunidades para la crítica.
La coyuntura actual es una de ellas. Justo cuando las cosas empezaban a mejorar, con señales de recuperación de las manufacturas mundiales, la reducción de tensiones comerciales y la clarificación del Brexit, han aparecido datos relativamente débiles. Así, la zona euro se desaceleró algo más de lo esperado en el último trimestre del año pasado, hasta el 0,1% trimestral. Atendiendo a países, las mayores sorpresas vinieron de la contracción de la actividad en Italia (-0,3%) y en Francia (-0,1%, pero por el efecto negativo de las huelgas), mientras que la economía alemana se estancó. Por componentes, la evidencia apunta a que la demanda doméstica perdió algo de fuelle, mientras que las exportaciones se recuperaron tras los datos decepcionantes de mitad de año. Por otro lado, los indicadores de confianza de principios de año están aguantando relativamente bien.
A todo esto se añade el shock evidente del coronavirus, que va a suponer invaluables pérdidas humanas, sobre todo en China, pero también costes económicos, de impacto aún difícil de determinar, pero que puede ir más allá de la reducción temporal de la demanda normalmente asociada a otras epidemias y afectar a las cadenas de valor globales, con evidente impacto en una región fuertemente exportadora como la europea. Ante esta situación, el margen de maniobra de la política monetaria europea es ya muy limitado y, aunque no lo fuese, sería probablemente poco eficaz ante un shock de origen externo y predominantemente de oferta. Y temas más políticos, como la indefinición del liderazgo de la CDU en Alemania o el sesgo cada vez menos apegado a Europa del Reino Unido de cara a las negociaciones definitivas sobre el Brexit, tampoco van a ayudar a apuntalar la confianza en Europa.
La recuperación en el Viejo Continente pasa por una fina línea: esperar un impacto moderado de la crisis china y que se consolide la recuperación del sector exportador, en un contexto menos proteccionista durante el año electoral americano. Pero, eso sí, los riesgos son elevados.