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El aire libre en época de confinamiento. Utilizadas antes para esconder viejos trastos, las terrazas se han convertido en los rincones más preciados de los hogares


Hasta hace apenas un par de semanas, los balcones y terrazas de los riojanos estaban condenados al ostracismo. Eran el lugar donde guardábamos las bicicletas viejas o aquellos trastos que molestaban por casa. Una extensión de los trasteros, aunque un poco más a mano. Como mucho, las terrazas eran utilizadas para colgar la ropa o para adornar un poco el hogar con plantas y flores. Pero poco más. Hasta hace dos semanas se les daba la espalda. Como al río Ebro. Pero el coronavirus ha cambiado hábitos. Desde que los ciudadanos deben mantener el confinamiento en sus hogares debido al estado de alarma decretado por el Gobierno nacional, quienes tienen una terraza han descubierto el mejor sitio de la casa, más ahora que llega el buen tiempo. Se han convertido en una válvula de escape en estos tiempos de encierro, el lugar, además, que sirve de reunión con los vecinos, que antes nos cruzábamos en el ascensor, a la hora de los aplausos a los sanitarios.
Carlota y Fernando y sus hijos Guille y Tomás no tienen una terraza demasiado amplia en Jorge Vigón, ahora avenida Solidaridad, pero allí han trasladado gran parte de su vida. El pequeño Guille, de diez años, por ejemplo, hace de DJ durante los aplausos. «Esperan a las 20.00 para salir como si fuese el mayor regalo del día. Desde media hora antes ya están nerviosos y Guille prepara con antelación las canciones... Les motiva para acabar el día con alegría», explica Carlota.
Una vecina suya, Ana, también se ha convertido en una abonada a su terraza. Con un hijo en el instituto, Matías, y otro en Infantil, Juan, también han redescubierto el balcón de su piso. Si el tiempo lo permite, allí pasan muchas horas entre meriendas y juegos de mesa. En el edificio de al lado, esquina con Albia de Castro, una pareja de abuelos camina diariamente durante más de una hora en un balcón con forma de 'L'. Ida, y vuelta, ida y vuelta.
Mariola vive en la urbanización de los pares de la avenida Solidaridad. Antes, su terraza guardaba una bicicleta, un carrito de golf estropeado y unos cascos de botellas de sidra asturiana. Ahora, cuando asoma el sol por la tarde, la terraza (que tiene orientación suroeste) se convierte en un 'chill out', con sofás, velas y una mesa improvisada que es el epicentro de los vermús, muchos de ellos compartidos con amigos a través de plataformas como Skype o Whatsapp. Y cuando los sofás desaparecen, el balcón se transforma en el gimnasio, con un 'steper' y un rodillo que utilizan los tres miembros del hogar.
Julio vive en el barrio de Cascajos. Tampoco goza de una gran terraza pero la aprovecha al máximo. Su hijo Daniel, de diez años, tiene allí su xilófono, que durante estos días aprovecha bastante. «A veces también nos sentamos al sol un rato, a ver pasar a los coches y porfiamos si los conductores llevan mascarilla o no, como cuando en los viajes largos adivinamos el color o la marca de los coches que nos cruzamos», apunta Julio.
Pablo y Edurne tienen tres hijos y su pequeño balcón no daba para mucho más que guardar las bicicletas. «Nosotros salimos al medio día a tomar el vermú. Cervecita a cervecita, se aguanta bien el encierro. Incluso hemos podido comer allí. Aunque el balcón es mini, tiene buenas vistas –las del parque del Carmen–», sintetiza Pablo.