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«El problema es que la gente llegaba a Urgencias y mentía»


Desde que comenzó la crisis del coronavirus, el servicio de Urgencias del Hospital San Pedro es una olla a presión, una enorme placa de petri llena de pequeños bichitos a la vista de un gigante microscopio, y en ese hervidero los profesionales sanitarios lidian cada día con un virus sin precedentes, al que tratan de poner cerco.
Silvia -nombre ficticio- es uno de ellos, con años de experiencia a sus espaldas, trabajaba a destajo desde que se detectó el primer caso en La Rioja. Un ritmo frenético que la semana pasada le empezó a pasar factura. Tenía unos dolores de cabeza y de garganta tremendos y la tensión arterial estaba por las nubes. Al principio lo achacó al estrés, al agotamiento de atender a paciente tras paciente que cruzaba la puerta de Urgencias. Pero la realidad le golpeó en la cara y el jueves el frotis le dio positivo. El nuevo coronavirus estaba en su organismo. Inmediatamente se encerró en su casa, con sus dos hijas adolescentes, y avisó a sus compañeros a través de los grupos de WhatsApp para que tomaran medidas.
No le sorprendió haber enfermado. Se veía venir porque «el problema es que la gente llegaba a urgencias y mentía», señala en una entrevista telefónica. «Cuando les preguntaban en triaje si habían tenido contacto con algún grupo de riesgo lo negaban e incluso decían que no habían salido de casa». Así ocurrió en varias ocasiones. En una de ellas, una mujer que tenía otras patologías y que llegó con fiebre «dijo que no había tenido contacto, es más, que no había salido de casa, y estuve con ella en un box cerrado tratando de acomodarla, poniéndole bien la almohada y al final dio positivo». También llegó otro paciente con los mismos síntomas con los que había ido en otras ocasiones antes de que se desatara esta crisis sanitaria. «Dijo que no había tenido contacto con nadie, incluso le subimos a planta y al final recordó que había estado con un amigo que acaba de regresar de Italia».
Desde su encierro lamenta que sus dos hijas adolescentes también están infectadas, al menos tienen «los mismos síntomas o más que yo», especialmente la pequeña que además tiene patologías previas. La diferencia es que a ellas todavía no les han hecho la prueba. Esperan que pronto vengan a recogerles el famoso frotis. En este punto Silvia se enfada: «Resulta que están limitando los frotis por dinero. ¿Y por qué se lo hacen a la mujer del presidente y a mis hijas no? Son cosas que cabrean bastante a la población», critica.
Desde el jueves la rutina es vadear la fiebre que a su pequeña le asalta a cualquier hora del día. La mayor está algo mejor y ella lo sobrelleva como puede. Y cuando el malestar cede un poco, leen, ven la tele, hacen trabajos e incluso asisten a clases on line. «Tampoco podemos hacer mucho más en un apartamento de 60 metros», confiesa.
Hace unos días Cruz Roja les llevó a casa una caja con víveres que incluía una botella de aceite, un paquete de azúcar, galletas, leche, dos pollos asados, pan de molde, tomate frito, pasta, un bote de gel, detergente para lavar a mano, «porque lavamos todos los días para intentar mantener la máxima higiene», recalca Silvia.
En unos catorce días más o menos le volverán a hacer un frotis y si este diera negativo en un plazo de 48 horas le realizarían otro. Si este confirma que ya está libre de la enfermedad, podrá abandonar la cuarentena.
Hasta entonces, anima a sus compañeros de Urgencias y les manda un mensaje de aliento. «Vais a poder con esto porque sois el equipo A».