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Se dejan la piel a diario, y algunos hasta la vida, en la lucha contra el COVID-19. Son los profesionales que se encargan de cuidar y de salvar a los riojanos amenazados por el virus.


Se dejan la piel a diario, y algunos hasta la vida, en la lucha contra el COVID-19. Son los profesionales que se encargan de cuidar y de salvar a los riojanos amenazados por el virus.


Carlos Garraleta y Mamen JiménezSon matrimonio y trabajan como técnicos sanitarios de emergencias en Cervera y ahora también con una ambulancia especial en Calahorra
En Cervera del Río Alhama trabajan como técnicos sanitarios de emergencias (TES) el matrimonio formado por Carlos Garraleta y Mamen Jiménez. Él conduce ambulancias desde hace veinticinco años y ella comenzó hace dieciocho con la antigua denominación de camillera.
Nunca antes habían vivido una situación como la actual. Hasta la fecha realizaban turnos de 24 horas en la base de Cervera y los accidentes, sobre todo de tráfico, era lo más grave a lo que se habían enfrentado. La crisis sanitaria ha cambiado su trabajo y ahora apoyan a los compañeros de Calahorra para evitar la saturación en estos difíciles momentos.
Acuden con su ambulancia SVB (Soporte Vital Básico) hasta el hospital y allí se ocupan de otra especial, de las 10 a las 22 horas, que es exclusiva para traslados por coronavirus. Las otras doce horas las completan en Cervera con su vehículo habitual. Mientras no están aquí, la zona del Alhama-Linares se cubre desde Alfaro y Arnedo.
En definitiva, se ha tenido que reorganizar la atención del servicio de ambulancias para paliar la carga de la pandemia.
«El resto de urgencias se ha reducido mucho al no haber actividad. No hay accidentes de tráfico, ni caídas, por ejemplo. Además la gente llama a urgencias solo para lo imprescindible», comentan.
El contacto con el paciente lo tiene Mamen, el mínimo y necesario. A no ser que el enfermo requiera ayuda de los dos para entrar o salir, Carlos permanece en la cabina y así puede acceder al hospital a dar los datos con la seguridad de estar limpio.
«Cada vez que llevamos a alguien se limpia con agua y lejía todo, tanto la cabina como la parte de atrás. Entre servicio y servicio la tenemos que desinfectar entera y nosotros también. Por eso en el habitáculo del paciente llevamos lo mínimo. Incluso las sábanas son desechables», indican.
Reciben protocolos de actuación de la empresa y consejos para protegerse al máximo, no les faltan EPI y cuentan con donaciones de particulares como máscaras de pantallas de plástico.
Carlos asegura que al principio sentía miedo y una vez acostumbrado, realiza su labor con respeto y mucha precaución. Mamen dice que sigue teniendo miedo.
«La mayoría de los pacientes están acostumbrados a ir acompañados por el familiar. Ahora van solos y te ven con el buzo, gafas, guantes y mascarilla, sin acercarte más que lo imprescindible. Esto les asusta. Además el camillero, a no ser que sea grave, viaja en la cabina», explica Carlos y añade Mamen que «cuando vas a la casa de un anciano y te ve así vestida, le impresiona».
Desde Calahorra esta ambulancia atiende a toda La Rioja Baja para trasladar a gente con coronavirus o con sospechas de tenerlo. También se utiliza para llevar pacientes infectados o con síntomas que tienen que acudir a otros tratamientos (diálisis, consultas...).
Vladimir MarencoEs anestesista del Hospital San Pedro y cree fundamental el material de protección «para evitar el contagio del personal sanitario»
Vladimir Marenco, venezolano que lleva quince años en España, es anestesista del hospital San Pedro de Logroño. «Anteriormente, junto a otros tres compañeros, nos ocupábamos de la Unidad del Dolor y la mitad del tiempo estábamos allí y la otra, en quirófano, en cirugías. Ahora, básicamente, atendemos a pacientes con COVID-19 y a las cirugías urgentes», explica Vladimir, cuya labor se centra en estos momentos en la reanimación de enfermos.
«La UCI se ha colapsado y se han tenido que habilitar los quirófanos para los pacientes entubados, así que los anestesistas trabajamos en toda esta zona, en equipo con la UCI», describe Vladimir. Y añade que «la situación es crítica, no sabemos cuánto va a durar este periodo hasta que llegue al pico». Lo que sí se sabe es que «aproximadamente entre el 3 y 5% del total de infectados va a necesitar soporte ventilatorio, el problema es que si todos nos infectemos a la vez colapsaríamos más los hospitales».
Para evitarlo, opina este anestesista, hay que «cumplir las medidas de aislamiento y quedarse en casa», es más, defiende endurecer el confinamiento. También cree fundamental el material de protección «para evitar el contagio del personal sanitario». «En España y otros países creo que se tomó en serio tarde la pandemia», declara.
Rafael CrespoEs médico en Grañón y se contagió de COVID-19: «Aunque tomes medidasde seguridad, el riesgo existe»
Rafael Crespo, de 56 años, es médico en Grañón, aunque también atiende Quintanar de Rioja, Villarta-Quintana, Morales y Corporales. Esta semana ha regresado al teletrabajo después de haber sido contagiado de COVID-19.
«Me di cuenta del positivo hace dos semanas, cuando empecé a notar fiebre y llamé al SERIS. Al dar positivo me confiné en mi casa», recuerda Rafael. «He tenido varios pacientes positivos y aunque tomes muchas medidas de seguridad, el riesgo existe», reconoce. El médico relata que «el pasado lunes me ofrecieron poder trabajar desde casa y el martes empecé a llamar a mis pacientes, con una media de treinta llamadas diarias, y lo agradecen, ya que la mayoría es población de riesgo».
Ahora se coordina con la enfermera y la farmacéutica para «controlar a la población». Grañón está cerca de Santo Domingo y Crespo opina que, «a pesar de todos los positivos de allí, no está muy 'tocado', pero me da miedo que los frágiles se puedan contagiar porque no sabemos qué va a pasar en el futuro». No obstante, Crespo expone, que «la gente en el medio rural es más disciplinada y siguen más las normas, el otro día cantaron a la Virgen desde casa».
Maite Pérez AbadEs pinche de cocina en el Centro de Salud Mental de Albelda de Ireguay cuenta que «ha cambiado el estrés de trabajo»
Maite Pérez Abad, logroñesa de 51 años, es pinche de cocina en el Centro de Salud Mental de Albelda de Iregua, convertido ya, describe, «en mitad residencia, mitad hospital». Ella se encarga, junto a sus compañeras, de distribuir la comida que llega desde el Hospital San Pedro.
«Llevamos una semana desde el primer positivo y hasta entonces estábamos tomando precauciones para no contagiar, pero ahora ya es doble labor, protegernos y proteger a los internos», expone Maite. Ahora sirven la comida por separado, a algunos en sus habitaciones y a otros, en los comedores, de modo que «las pinches hemos cambiado el ritmo de trabajo, hemos tenido que emplatar para subir las comidas a las habitaciones y ya llevamos doble guante, mascarilla y gorro, aunque este ya lo llevábamos antes en cocina».
Sobre todo, reconoce Maite, «ha cambiado el estrés de trabajo porque todo es sobre la marcha, antes era más rutinario». Aunque ella asegura no tener miedo, sí cuenta que «hay compañeras que han pasado a la histeria, y otras van haciéndose a la idea y se calman, pero todas siguen trabajando».
Maite pide más material, porque «seguimos racionando las mascarillas», y también «más personal porque los auxiliares están asfixiados».
Raquel Marín RodríguezEs enfermera en el Hospital San Pedro de Logroño y afirma que «podemos aportar calma»
Raquel Rodríguez Marín, diplomada en Enfermería por la UR, es de Villamediana, tiene 38 años y ejerce en la planta de Traumatología y Otorrinolaringología del Hospital San Pedro, que esta semana ha empezado a tratar a pacientes contagiados de COVID-19.
«Cambia bastante, no tiene nada que ver porque es un área infecciosa y la nuestra es quirúrgica», declara Raquel, quien asegura no sufrir falta de medios. «La supervisora se ha encargado bien de pedir recursos materiales y humanos. Todos contamos con el material, desde mascarillas y gafas hasta bata y calzas». Además, cuenta que «desde Prevención nos han informado de cómo ponernos el equipo y cómo circular, y una vez explicado y con el equipo, confías y se te quita el miedo». «Yo he pasado más miedo antes, al no saber, y por la presión, por lo que ves y oyes, incluso por noticias falsas», confiesa Raquel.
También admite que «la situación es un poco desbordante y desconocida, no se sabe mucho del virus, pero podemos aportar calma». También reclama a la sociedad «que se quede en casa». «¡Cuántos querrían!» Y a los políticos: «Trabajo en equipo, transparencia y saber escuchar».
Maite LeónTrabaja en la cafetería del Hospital de Calahorra, donde los sanitarios intentan desconectar un rato: «Se les ve muy estresados»
Los ojos de Maite León pueden hacer una radiografía diaria del estado anímico del personal sanitario de la Fundación Hospital de Calahorra. La cafetería del centro, que atiende esta calagurritana, se ha convertido estos días en una especie de 'oasis' en el que médicos, enfermeras, auxiliares... recargan energía y ánimo. «Se les ve muy estresados. Están metiendo muchas horas», describe Maite, sin olvidarse «del personal de laboratorio, administración, mantenimiento, limpieza, cocina...» «Ellos también están sufriendo», dice.
La cafetería del hospital calagurritano sigue abierta al público, aunque «principalmente estamos atendiendo a los médicos y a la poca gente que tiene familiares en la primera planta –la segunda es para pacientes de COVID-19–», explica.
Las jornadas maratonianas de los sanitarios y las medidas para evitar contagios se trasladan igualmente a la cafetería. «Suelen venir muy tarde a comer y cada uno se sienta en una punta», señala. El trabajo en el departamento de cocina y cafetería también ha tenido que adaptarse. «Cuando cobramos tenemos que limpiarnos con gel», precisa. Además, el personal de cocina ya no reparte la comida a los pacientes: «Dejan el carro y lo hacen las chicas de planta».
Luis ZanzaMédico en Haro: «No tenemos problemas de material, pero faltan manos. Trabajamos más de 80 horas a la semana»
«Como podemos y con mucha sobrecarga». Así es como explica Luis Zanza, médico del Centro de Salud y Especialidades de Haro, el trabajo que la limitada plantilla está efectuando durante los últimos días en el centro jarrero. «Habitualmente trabajamos en el centro siete médicos de familia, siete de Atención Primaria y dos pediatras. En estos momentos estamos cuatro médicos», señala Zanza, que destaca la ayuda que están recibiendo de médicos ya jubilados como las doctoras Eguren y Sáez-Benito y el doctor Casalduero. «Queremos agradecer de una forma muy especial la ayuda de nuestros colegas ya jubilados, al igual que a todos los compañeros celadores, auxiliares administrativos y enfermeras», indica Luis Zanza.
«No tenemos grandes necesidades por falta de material. Tenemos las equipaciones reglamentarias y de momento no hemos tenido ninguna falta, sin embargo, lo que sí nos faltan son manos. Llevamos unas tres semanas trabajando más de 80 horas semanales», afirma el médico jarrero, que también destaca la buena labor de la ciudadanía, asegurando que «la gente está respondiendo bien, aunque aún hay algún caso aislado de gente que viene sin haber llamado».
Esther LorenteEs coordinadora de Enfermería en Arnedo: «Todos tenemos una responsabilidad y una labor fundamental en cortar esta epidemia»
Cumpliendo las indicaciones del estado de alarma, los centros de salud de Primaria están vacíos. Pero siguen dando la mejor atención. «Es un cuidado a distancia, en el que el profesional ha de implantar un tratamiento o un diagnóstico por teléfono –describe Esther Lorente, coordinadora de Enfermería del centro de Arnedo–. Eso sí, si es necesario ver al paciente, tiene que acceder al centro».
Ante este cambio en su trabajo, Lorente agradece la responsabilidad que están mostrando los usuarios. «Esto está saliendo adelante por los magníficos profesionales de los centros hospitalarios y por la colaboración de los usuarios –asiente–. Cuidando nuestra salud cuidamos la del vecino y evitamos colapsar los hospitales. Todos tenemos una labor fundamental en cortar la epidemia y tratarla lo mejor posible».
En esta necesidad de trabajar a distancia, Lorente subraya el esfuerzo del trabajo en equipo de todo el centro de salud. «Los médicos y enfermeras de Primaria vivimos la gran ventaja de que tenemos nuestros pacientes durante muchos años, les ponemos cara y sabemos de qué manera tenemos que relacionarnos aunque sea por teléfono... Somos uno más de la familia y nos tienen confianza porque velamos por su salud».
Mónica UrtubiaEs enfermera en Alfaro: «Tenemos miedo y momentos de bajón, pero hay que ser fuertes y seguir luchando»
«Encontramos la fuerza en la vocación que tenemos de ayudar y cuidar a los demás... vivimos para cuidar». De esa fuente se nutren cada mañana decenas de enfermeras y sanitarios. De ella bebió ayer la rinconera Mónica Urtubia para despedirse de su familia y prepararse a atender durante 24 horas la guardia del centro de salud de Alfaro. «Me apoyo en hacer todo lo que pueda para no contagiarme y no contagiar aplicando todas las medidas de protección», asiente. Y lo hace a lo largo de toda su labor: en la atención telefónica que «requiere mucho más tiempo en escuchar y tranquilizar»; en la que realizan a las urgencias que, tras el diagnóstico, han de acudir al centro; y en la que realizan cada vez más en los hogares, para evitar salidas de personas mayores que precisan cura y, además, darles moral.
«Tenemos miedo y momentos de bajón... Mi peor momento es al llegar a casa, cuando pienso en todo lo que tengo que hacer para no poner en riesgo a las personas que conviven conmigo –confiesa–. Y después de realizar todas las medidas de protección, ves a los tuyos y no les puedes abrazar... Pero hay que ser fuertes y seguir luchando porque vamos a salir de esta, aportando todos como un equipo».
Marta IbáñezEs técnico en emergencias sanitarias en una ambulancia SVB en Nájera: «Estamos algo asustados y desbordados»
Técnico en emergencias sanitarias, Marta Ibáñez Aldonza lleva quince años trabajando en un vehículo de Soporte Vital Básico (SVB). Acostumbrada a tener que enfrentarse al lado más doloroso de la vida, asegura que con la llegada del Covid-19 «hay mucha diferencia con el trabajo habitual, sobre todo por el desconocimiento de este virus. Estamos más agobiados y psicológicamente afecta».
«Le das muchas vueltas a la cabeza, estamos asustados y algo desbordados porque cada día te cambian los protocolos de actuación en caso de recibir un afectado», explica, a pesar de que «tenemos epis (equipo de protección individual) preparados para ello».
De hecho, «las SVB no hacíamos COVID-19 pero ya hace unos cuantos días que nos ha llegado un protocolo nuevo que tenemos que estar ahí en primera línea de batalla. Hace poco hicimos el primero en Santo Domingo y, por cierto, yo me he enterado que era un COVID-19 por terceras personas, porque el paciente era el padre de un amigo mío».
Dice que lo que más se siente es a nivel anímico, «aunque tú estés un poco asustado por el tema, porque es algo desconocido, lo peor es ver que te llevas a esa persona sola y los que le despiden tal vez no le vuelvan a ver».
Lourdes ArconadaEs limpiadora del centro de salud calceatense: «Han puesto una persona más porque no doy abasto»
Lourdes Arconada es otra de las piezas clave en la lucha contra el COVID-19, porque al virus también se le combate con limpieza y desinfección. A ello se dedica en la zona de Urgencias del centro de salud de Santo Domingo de la Calzada, todas las mañanas, de lunes a viernes.
Lleva dedicada a ello 23 años, ahora con «bastante más trabajo» por culpa del coronavirus, atenta siempre a la limpieza y desinfección de espacios, incluida cada vez que llega un contagiado. «Han puesto una persona para ayudarme porque no doy abasto, ya que tengo que atender también las peticiones de los médicos, pero ahora hay más trabajo para todos y todas tenemos que colaborar», indica.
La preocupación se ha colado en su vida. «Es la incertidumbre por lo que está pasando y, aunque tomo todas las precauciones, el miedo de llevarme el contagio a casa, porque mi marido está operado de la garganta».
A Lourdes está situación le ha pillado por poco. «Tengo 65 años y tenía que estar jubilada desde febrero, pero, como hay que hacer diez meses más, me ha cogido», cuenta. Una «propina» añadida al tiempo de descuento para su merecido descanso. «Lo importante es que esto pase cuanto antes», dice.
Francisco JiménezEs taxista del centro de salud de Santo Domingo y conductor de ambulancia: «Estamos bajo mínimos de material»
Francisco Jiménez es conductor de ambulancia y taxista del personal médico y enfermería del centro de salud de Santo Domingo de la Calzada.
Se mueve en un entorno muy proclive al contagio y una baja ahora sería un problema añadido a una situación ya difícil. «Nos protegemos todo lo que podemos con lo que tenemos, que es poco», dice. Su día a día también ha cambiado con relación a antes del Covid-19. «Ahora hay menos urgencias, de traslados a Logroño, porque hay cuatro ambulancias de allí que se dedican a recoger gente contagiada», resalta. Respecto al taxi, su trabajo se ha incrementado y cambiado. «Ahora hay un vehículo para cuando van a domicilios de personas con coronavirus y nosotros vamos por delante para indicarles el camino».
«Estamos más estresados que normalmente», dice de la suma de factores de una situación sin parangón. A la cabeza solo le viene el ébola, «que al final no fue nada comparado con esto».
Por todo ello elogia el gran trabajo que está realizando el personal sanitario. «Están a tope», subraya antes de pedir paciencia a la gente; agradecer el trabajo de cuantos, desde todos los ámbitos, están batiéndose el cobre contra el Covid-19, y recabar ayuda material: «Estamos bajo mínimos», lamenta.
Ana AceredaEs médico de familia en Torrecilla en Cameros y reconoce que «la gente tiene miedo y procura no salir de casa»
Ana Acereda es médico de familia del centro de salud de Torrecilla en Cameros, cubriendo además los municipios de Almarza, Pinillos y Nestares desde hace una década. Junto a otros dos compañeros atiende todo el Camero Nuevo, compartiendo enfermero. Allí, por el momento, la situación es tranquila. «Con lo que se oye por los compañeros de Logroño y de otras provincias, sí que aquí lo vivimos con más calma, aunque ya empezamos a tener algún caso sospechoso en la zona», expone Ana Acereda.
«La gente tiene miedo y procura no salir de casa. Los primeros días preguntaban mucho, pero desde el confinamiento la gente está muy comedida y no viene por cualquier cosa», afirma la médico. La población de Torrecilla ha crecido casi como en época vacacional, «se ha duplicado la población, que es el miedo que teníamos», pero la situación está controlada. Cuentan con mascarillas y guantes suficientes, pero no con batas, así que Ana confiesa que entretiene los ratos libres armando unas caseras porque «creo que vamos a necesitarlas». «Miedo no tengo por mí, pero sí por contagiar a mis pacientes (la mayoría, población de riesgo) durante el proceso asintomático», admite.