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La doble soledad de los sordos por el coronavirus


Sergio vive delante del mercado de Trinitat Nova, en uno de los barrios más castigados de Barcelona, en un lugar cuya renta familiar es siete veces inferior a la de Pedralbes, vecindario con el que comparten la Ronda de Dalt y poco más. En estos días de incertidumbre, como hace todo el mundo, intenta estar al tanto de las noticias, del avance de la pandemia, de la evolución del confinamiento. Sergio vive solo y es sordo desde los siete años. Soporta un aislamiento dentro del aislamiento, pues aunque trabaja y es una persona autónoma, las carencias de la sociedad hacia las personas con discapacidad suelen hacerse más evidentes en momentos de crisis global. "Me siento como un pájaro encerrado en la jaula, sin poder comunicarme ni distraerme con otra persona". 
Le arrolló una motocicleta y sufrió un traumatismo craneoencefálico. Una infancia truncada que le obligó, a él y a su familia, a adaptarse a una situación nueva, y en un momento en el que la formación para el colectivo de personas con discapacidad auditiva no era ni mucho menos aceptable. Él ya tenía una base, "pero hay muchas personas de la época del franquismo y la transición que tuvieron una educación muy deficiente y hoy tienen conocimientos mínimos de lectura y escritura". 

Miedo a descubrir la boca

Sergio sabe leer los labios, lo que le permite tener un interlocutor delante y poder mantener una conversación. Estos días de coronavirus le han complicado mucho la comunicación. "La mayoría de personas usan mascarilla. Los que me conocen del barrio, en los comercios, se la quitan, pero mucha gente no lo hace por miedo al contagio", con lo que pierde cualquier opción de interactuar. Sale lo justo. A comprar alimentos, prensa y tabaco. Todo el día lo pasa en casa, intentando aplicar rutinas que, admite, empiezan a no ser suficientes para sobrellevar la situación. Una especie de silencio ensordecedor.
Se acuerda de las personas mayores con discapacidad auditiva, compañeros del Casal de Sords de Barcelona que viven solos, porque han enviudado, o por la razón que sea, y apenas saben leer o escribir, ni leer los labios. Tienen la televisión, sí, pero las cadenas privadas, cuenta, no hacen prácticamente nada por ellos, y en la pública solo hay lengua de signos cuando comparece alguien importante. Tienen, eso sí, tres informativos al día en el 3/24. Pero no, no se sacude de encima la sensación de vivir un confinamiento de doble cristal.