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La guerra mundial de las mascarillas: Trump vs. UE... y China como 'dealer'


Cuando se produce una crisis financiera global, como la que vivimos hace una década, solo hay un valor refugio para los inversores: el oro. Ahora que el mundo está inmerso en una crisis sanitaria sin precedentes en la era moderna, la mejor inversión que puede hacerse es el material preventivo. Y si hablamos del coronavirus, cuyo principal medio de transmisión es el áereo, podemos concluir que las mascarillas faciales representan el valor que cotiza más alto. Una suerte de 'oro de algodón' que ya ha provocado una auténtica fractura norte-sur en Europa, que Trump haya decidido nacionalizar su producción y que China se haya convertido en el proveedor de todos en una inédita guerra mundial de las mascarillas.
El momento es especialmente tenso porque la comunidad científica parece virar hacia el uso obligatorio por parte de toda la población como el mejor antídoto ante una pandemia que suma ya casi 100.000 muertos en todo el planeta. Aunque la OMS sigue desaconsejando la medida para evitar que los más expuestos (sanitarios, empleados de supermercados, transportistas...) puedan quedarse sin mascarillas, el Gobierno de España ya prepara un plan para repartir unidades a toda la población. Un plan que genera dudas sobre la capacidad real de abastecimiento, a pesar de que el sector logístico haya convertido en urgentes todos los envíos de material sanitario.
En este contexto, tanto los científicos como los expertos en China y en partes de Asia donde el uso de mascarillas lleva años normalizado incluso sin pandemias declaradas, advierten de que el gran error de Europa y Estados Unidos está siendo precisamente no obligar a la población a llevar mascarillas. ​Por ejemplo, George Gao, jefe del Centro Chino para el Control y Prevención de Enfermedades, ya señalaba en la revista 'Science' hace un par de semanas que lo que parece no entender Occidente es que "muchas personas tienen infecciones asintomáticas o presintomáticas. Si usasen mascarillas, se podría evitar que las gotas que transportan el virus escapen e infecten a otros".
China marca la pauta a seguir porque es el origen de la pandemia global y porque a estas alturas ya ha logrado contener la expansión del coronavirus e, incluso, registrar cero muertes en 24 horas durante esta misma semana. Pero también hay quien ve con escepticismo el papel de China respecto a las mascarillas: no en vano, se ha convertido en el proveedor mundial, con más de 4.000 millones de unidades exportadas en un mes. Es el caso de Donald Trump, que ha aprovechado la crisis para cancelar las exportaciones del mayor productor de mascarillas de EEUU, 3M, a cualquier país extranjero bajo el pretexto de la emergencia sanitaria que vive el vive el país.
El caso de Trump es especialmente llamativo porque, en plena "crisis humanitaria" -tal y como argumenta 3M para defender sus exportaciones- ha decidido iniciar un nuevo capítulo en la guerra comercial que mantiene con China desde hace un par de años, a pesar de que en este caso la inmensa capacidad de producción de mascarillas del gigante podría salvar miles de vidas en todo el mundo, incluido EEUU. Por el momento, siguiendo una estrategia similar a la de Boris Johnson -ingresado esta semana en la UCI por el coronavirus- en Reino Unido y a la de Jair Bolsonaro en Brasil. En el caso de EEUU, Trump no ha pasado de recomendar a la población el uso de mascarillas -a pesar de que él mismo ha descartado llevar una-. Sin embargo, no ha dudado en aceptar 10 millones de mascarillas importadas precisamente por 3M... y concretamente desde China.
Sea como fuere y como sucediera con las contiendas bélicas globales durante el siglo XX, Europa se ha convertido en el principal campo de batalla tanto contra el coronavirus como por las mascarillas. La profunda división en el seno de la UE respecto al proceder tanto sanitario como económico ha provocado una fractura norte-sur impensable hace tan solo unos meses. En este escenario, España se ha alineado en el tablero con el segundo grupo: Portugal, Italia, Grecia, Turquía... No es de extrañar que, en estas circunstancias, los cimientos de la UE se tambaleen y que haya quien incluso plantea una alianza socioeconómica solo de los países del sur de Europa.
La semana pasada se desvelaba que Francia confiscó cuatro millones de mascarillas compradas por España e Italia a una empresa sueca, pero que fueron incautadas el pasado 5 de marzo en Lyon, en virtud de un decreto promulgado por el presidente galo, Emmanuel Macron. Dicha disposición normativa ordena a las autoridades requisar todas las existencias y la producción de mascarillas para su distribución entre el personal médico y a los franceses afectados por el coronavirus. Una medida de similar calado a la incluida en el estado de alarma aprobado por Pedro Sánchez solo diez días después, pero que en este caso concreto interfiere con los intereses nacionales de los dos países europeos más afectados por la emergencia sanitaria.
Un día antes del incidente con Francia, Alemania decidía prohibir cualquier exportación de material sanitario (mascarillas, batas, respiradores...) fuera de sus fronteras. Por entonces, España ya miraba de reojo el implacable avance de la pandemia en Italia, que empezaba a confinar a su población. Paralelamente, Alemania decidió quedarse con las partidas que varias empresas españolas tenían comprometidas con proveedores sanitarios ubicados en el país, lo que ha terminado de dibujar un panorama sombrío: sin capacidad de producción propia para abastecer a toda la población y con el veto comercial de sus propios socios, España se enfrenta al reto del uso obligatorio en medio de una guerra en ciernes por las mascarillas. Tampoco es de extrañar que esta misma semana Italia haya empezado a poner a trabajar haciendo mascarillas a los presos de tres de las cárceles del país.